Siempre había estado ahí. Desde que mi diezialgoañera memoria me da de sí. Ella había tenido el pelo a su antojo cuan (cual?) jardín: corto, verde, azul, largo, rosa... Y hace poco, la miré. Una fina cortina de seda castaña se deslizaba y recorría sus estilizados hombros y enmarcaba su delicado cuello marfileño. Era hermosa.
Observé la silueta de su esbelta figura al recortarse contra el sol de la media tarde. Una perfecta "ese" delg- y alarg- ada quemaba mi retina.
Su cara estaba recorrida con las huellas que algunas sonrisas y otras tantas carcajadas habían dejado nadiesabecuándo en su tez avainillada.
Fue entonces cuando vi sus ojos. Parecían pequeños. Y sólo entonces me di cuenta de que era una ilusión mágica. La gentecilla de Wonderland había hechizado (sólo Alicia sabe por qué razón) las ventanas de protección que amurallaban sus pupilas.
Nota al lector: curiosamente, esas ventanas se empañan desde el interior, por eso en ocasiones (las menos deseadas) se entrevé una arriesgada lágrima que se precipita desde el alfeizar de las mismas...y cae sin retorno a unos rosados labios que la besan para curarla del susto.
Así, y retomando el hilo del ovillo de gato que está abandonado en el segundo escalón de mi portal--- digo...la descripción! (bonita pronunciación. /des-criP-ciónn/) digo que sus gafas tienen algún tipo de maleficio sacado de la botella empequeñecedora de los crueles serecillos (seres-pequeñillos). Y es por eso, que si la miras, ves unas pupilas del tamaño de una cabeza de alfiler. Pero si ella, por calidez de su corazón, decide retirar de sus ojos ese satánico artefacto que la mantiene ligada al mundo de los colores, podrás apreciar años y años de experiencias escritos en la lengua de las pestañas.
Plin. C'est fini.