22 noviembre 2010

Pinceladas de tentación.

16 de Mayo de 2008

Jadeé.

Mi mejor amigo me miró, con una mirada que pareció desnudarme. Y nos besamos. No de la manera suave y romántica de las películas, sino salvajemente, con la pasión fluyendo por nuestros labios. Me apreté fuertemente contra él y él me acarició la espalda. Sus labios recorrieron mi cuello y los míos le imitaron. No pude más, estaba frenética.
Mis manos sintieron la tela de sus vaqueros, ligeramente desgastada, y me apreté aún con más fuerza contra él, hasta que se me cortó la respiración. Jadeé otra vez.

Sus besos eran cada vez más apasionados y más atrevidos. Él se quitó la camiseta mientras yo intentaba seguir besándole.
Su torso musculoso y desnudo se apretó contra mi camiseta de tirantes, que ya empezaba a sobrarme.
Él sudaba. Yo sudaba. Sudábamos juntos.

Nos abrazábamos de tal manera que parecíamos una única persona. Me faltaba el oxígeno.
Tenía los gemelos doloridos de estar de puntillas para poder besarle. Él pareció darse cuenta, porque me tumbó en el sofá. Le sentí encima de mí, mientras enroscaba mi pierna con la suya.

Hacía demasiado calor.

Zas. Para estrenar esto.

Los minutos goteaban desde el grifo con un tenue sonido acuoso. “Clonc, clonc”. Cada golpeteo eran segundos que ya no regresarían.
Había estado dudando todo el día. No sabía si quería hacerlo, pero debía, sabía que era así. Su corazón se iba mutilando y desgarrando poco a poco con cada pensamiento que emitía su perturbado cerebro.
Aquella era su noche, y nadie se la arrebataría jamás.
Esperó, esperó tanto que el agua se tornó gélida, pero eso aumentaba el dramatismo de la situación.
La dama de las nieves hizo acto de presencia con un sonoro beso. “Hola cariño! Qué bien, me has preparado un baño?” Pero la magia del momento se desvaneció en cuanto él, un macho poderoso y dominante, agarró a su víctima del cuello para tirarla sin cuidado alguno sobre la marmórea bañera, tan fría como los cadáveres de los copos de nieve en invierno.
La vida se le escapaba entre las garras que oprimían su cuello de cisne. Ella intentó chillar, pero su alarido se ahogó en la bañera. Lo último que vio fueron dos ojos desencajados por la lujuria. “Siempre será mía”.
A la mañana siguiente, ella se despertó agitada, sudorosa entre las sábanas. Cuando fue al baño sintió un escalofrío recorrerle la espalda hasta morir en su nuca. Él yacía inerte en la bañera, con los brazos rajados a conciencia. La sangre salpicaba los azulejos.
Ella intentó despertar de aquella pesadilla lavándose la cara, pero no hizo más que empeorar la situación al descubrir sus manos bañadas en sangre. Fue corriendo a por el teléfono, pero al lado había unas tijeras ensangrentadas, SUS tijeras.