16 de Mayo de 2008
Jadeé.
Mi mejor amigo me miró, con una mirada que pareció desnudarme. Y nos besamos. No de la manera suave y romántica de las películas, sino salvajemente, con la pasión fluyendo por nuestros labios. Me apreté fuertemente contra él y él me acarició la espalda. Sus labios recorrieron mi cuello y los míos le imitaron. No pude más, estaba frenética.
Mis manos sintieron la tela de sus vaqueros, ligeramente desgastada, y me apreté aún con más fuerza contra él, hasta que se me cortó la respiración. Jadeé otra vez.
Sus besos eran cada vez más apasionados y más atrevidos. Él se quitó la camiseta mientras yo intentaba seguir besándole.
Su torso musculoso y desnudo se apretó contra mi camiseta de tirantes, que ya empezaba a sobrarme.
Él sudaba. Yo sudaba. Sudábamos juntos.
Nos abrazábamos de tal manera que parecíamos una única persona. Me faltaba el oxígeno.
Tenía los gemelos doloridos de estar de puntillas para poder besarle. Él pareció darse cuenta, porque me tumbó en el sofá. Le sentí encima de mí, mientras enroscaba mi pierna con la suya.
Hacía demasiado calor.
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