24 octubre 2011

Flamenca

Se estampó un segundo contra el suelo, y el eco del golpe resonó en la estancia. Y otro más. La zagala era incapaz de dejar de escuchar. Probó a taparse los oidos, pero no funcionó. En su agitada mente seguía visualizando el impacto del tiempo sobre el parqué. Como gotas de lluvia que caen de un paraguas mojado. Ella, derrotada, dejó inundar al fin sus sentidos con el rítmico martilleo. Uno. Otro. Otro. Y otro más. Seguía esperando que algo sucediese. Un soplo de brisa que desviase la trayectoria de sus segundos perdidos de vida al contactar precipitadamente contra el suelo. Pero el ambiente la asfixiaba. Movió la mano. Sostuvo el abanico. Y peinó el aire.
Nada. Se negaba a moverse. Pum. Pum. Pum. Los segundos, por más fuerte que abanicase, seguían cayendo. Cayendo sin callar, y el ruido era ensordecedor. Una lágrima, harta de estar enjaulada en la negra prisión de sus pupilas, huyó. Se escapó. Y en su huida se precipitó y cayó rodando por sus mejillas. Rosadas. Lloró. Tras esa pionera lágrima las otras se armaron de valor y la siguieron. El motivo del llanto era fácil, su calma era más compleja. Estaba empeñada en alterar el tiempo. Detenerlo, atrasarlo, desviarlo, y que no cayese más. Pero ahí seguía. Golpeándola duramente. Con un grito desgarrador trató de asustar a los segundos que no cesaban de caer. Pero no se asustaron. No sirvió de nada. Ella continuó llorando. Gritando. Dando golpes con su abanico al aire.
Desesperada, se levantó de la silla, y sobre sus negros tacones de aguja se tambaleó. Y no le importó. Con ímpetu se dirigió a la ventana. Divisó el suelo. Muy lejos de su posición. Miró de nuevo a la habitación. La sila verde yacía en medio. Solitaria. Las paredes desnudas. Como ella. Carne blanca que relucía en la noche. El contraste lo daban sus cabellos negros deslizándose sobre su espalda, y en sus pies, los tacones. Se acercó más a la ventana. No le importaba que la vieran. Su figura era hermosa. Piel blanca. Piel blanca. Piel blanca. Y rubor en sus mejillas. Y ojos negros, de la pintura borrada al paso de las lágrimas. Gritó otra vez. Pero los segundos caían. Pum. Contra el suelo. Pum. Otra vez. Ella, una vez más, desesperada, se aferró a la ventana. Difícilmente subió al alfeizar. Con sus negros tacones. Y su negro pelo ondeando en la negra noche. Y el abanico astillado en su mano, roto de asirlo con violencia. Y sus senos descubiertos cubiertos con el frío de la noche. Pensó. Cerró los ojos.

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