Mi mundo por unas príncipe.
Ñam.
Qué hambre!
30 noviembre 2010
27 noviembre 2010
No me apetece escribir.
Me he sentado en la cama con el ordenador en mis piernas. Se agradece el calor que desprende. Pero sinceramente, no tengo ganas de escribir.
Hala. Ya lo he confesado. Vaya peso me acabo de quitar de encima.
Hala. Ya lo he confesado. Vaya peso me acabo de quitar de encima.
25 noviembre 2010
cuando comió chocolate
se sentó en la cocina. cansado/a del ajetreado día. un ir y venir allá por las calles.
partió en dos la tableta. se derretía poco a poco en sus dedos. cogió su pulgar, se lo acercó a los labios, y lo lamió sin prisa. deleitándose.
dejó una mitad sobre la servilleta, y la otra mitad, mientras seguía derritiéndose cada vez más entre sus dedos, la fue mordisqueando. un bocado aquí. la boca se le hacía agua. otro bocado acá. qué hambre. chocolate.
paró de comer. guardó la otra mitad de nuevo en la nevera. en verano era insoportable el calor. se tumbó en el sofá gris de cuero. se quedó pegado/a. puso la toalla de la piscina. se volvió a tumbar. esta vez sin pegarse.
con el regusto dulce del chocolate en su lengua, se humedeció los labios de nuevo, y sonrió.
partió en dos la tableta. se derretía poco a poco en sus dedos. cogió su pulgar, se lo acercó a los labios, y lo lamió sin prisa. deleitándose.
dejó una mitad sobre la servilleta, y la otra mitad, mientras seguía derritiéndose cada vez más entre sus dedos, la fue mordisqueando. un bocado aquí. la boca se le hacía agua. otro bocado acá. qué hambre. chocolate.
paró de comer. guardó la otra mitad de nuevo en la nevera. en verano era insoportable el calor. se tumbó en el sofá gris de cuero. se quedó pegado/a. puso la toalla de la piscina. se volvió a tumbar. esta vez sin pegarse.
con el regusto dulce del chocolate en su lengua, se humedeció los labios de nuevo, y sonrió.
23 noviembre 2010
Cabalgando.
Sufrí una erección en ese momento.
El roce de su mano contra mi pierna de manera improvisada.
No sabía qué hacer.
Disimuladamente estiré mi abrigo sobre mis muslos y ella retiró el brazo. Fue apenas un gesto de amistad, pero para mí fue suficiente. Era el detonante que necesitaba. Me moría por besarla.
Riéndome, le dije que se acercase, que tenía mucho frío. A ella se le formó un holluelo en la mejilla derecha. Sus labios se curvaron y me dieron ganas de morderla. Saborearla.
Me tendió la mano. Me dijo que ella también tenía frío. También me dijo que no me preocupase, que todo iba a ir bien. Me miró. Fijamente. "Su pupila en mi pupila marrón". Algo así decía el poema. Un escalofrío estremeció mi espalda. Tirité.
Ella se apretó aún más fuerte contra mí. Me cogió del brazo. No. No. No.
Pero no pude. Me miró de nuevo, y con furia, con pasión, y con mucho mucho muchísimo deseo, la besé.
Al fin.
El roce de su mano contra mi pierna de manera improvisada.
No sabía qué hacer.
Disimuladamente estiré mi abrigo sobre mis muslos y ella retiró el brazo. Fue apenas un gesto de amistad, pero para mí fue suficiente. Era el detonante que necesitaba. Me moría por besarla.
Riéndome, le dije que se acercase, que tenía mucho frío. A ella se le formó un holluelo en la mejilla derecha. Sus labios se curvaron y me dieron ganas de morderla. Saborearla.
Me tendió la mano. Me dijo que ella también tenía frío. También me dijo que no me preocupase, que todo iba a ir bien. Me miró. Fijamente. "Su pupila en mi pupila marrón". Algo así decía el poema. Un escalofrío estremeció mi espalda. Tirité.
Ella se apretó aún más fuerte contra mí. Me cogió del brazo. No. No. No.
Pero no pude. Me miró de nuevo, y con furia, con pasión, y con mucho mucho muchísimo deseo, la besé.
Al fin.
Confusión nocturna.
No quiero textos largos.
Quiero amplios espacios.
Llanuras por las que divagar.
Y que las palabras hagan eco. Y resuenen. Sin necesidad de ornamentos alrededor.
Una.
Sola.
Palabra.
Basta.
Para.
Golpear.
Deja a un lado la concentración.
(Buf. A dormir. Se me está yendo la cabeza)
Quiero amplios espacios.
Llanuras por las que divagar.
Y que las palabras hagan eco. Y resuenen. Sin necesidad de ornamentos alrededor.
Una.
Sola.
Palabra.
Basta.
Para.
Golpear.
Deja a un lado la concentración.
(Buf. A dormir. Se me está yendo la cabeza)
1/4. 4º. cuarto!
Un cuarto.
Un cuarto DE HORA.
Dámelo. Tuyo. De tu vida. Otórgamelo.
Sólo para que me deleite con tus pupilas.
Sólo para atravesar el bosque otoñal de tu mirada.
Sólo para acariciar con mis yermas yemas tu...
tu qué?
Ah sí. Tu cara.
Me he perdido en pensamientos no aptos hasta que den las cero cero dospuntos cero cero,
como cenicienta.
Me has dejado descalza, y casi desnuda ante ti. Soy tuya. Y me odio.
Tú no. No eres mío.
Ella. Al otro lado de la ciudad. Ella.
Vomito en mi cama. Me duele el pecho.
Dame un cuarto de tu tiempo,
y vente a mi cuarto bajo el edredón.
Un cuarto DE HORA.
Dámelo. Tuyo. De tu vida. Otórgamelo.
Sólo para que me deleite con tus pupilas.
Sólo para atravesar el bosque otoñal de tu mirada.
Sólo para acariciar con mis yermas yemas tu...
tu qué?
Ah sí. Tu cara.
Me he perdido en pensamientos no aptos hasta que den las cero cero dospuntos cero cero,
como cenicienta.
Me has dejado descalza, y casi desnuda ante ti. Soy tuya. Y me odio.
Tú no. No eres mío.
Ella. Al otro lado de la ciudad. Ella.
Vomito en mi cama. Me duele el pecho.
Dame un cuarto de tu tiempo,
y vente a mi cuarto bajo el edredón.
22 noviembre 2010
Pinceladas de tentación.
16 de Mayo de 2008
Jadeé.
Mi mejor amigo me miró, con una mirada que pareció desnudarme. Y nos besamos. No de la manera suave y romántica de las películas, sino salvajemente, con la pasión fluyendo por nuestros labios. Me apreté fuertemente contra él y él me acarició la espalda. Sus labios recorrieron mi cuello y los míos le imitaron. No pude más, estaba frenética.
Mis manos sintieron la tela de sus vaqueros, ligeramente desgastada, y me apreté aún con más fuerza contra él, hasta que se me cortó la respiración. Jadeé otra vez.
Sus besos eran cada vez más apasionados y más atrevidos. Él se quitó la camiseta mientras yo intentaba seguir besándole.
Su torso musculoso y desnudo se apretó contra mi camiseta de tirantes, que ya empezaba a sobrarme.
Él sudaba. Yo sudaba. Sudábamos juntos.
Nos abrazábamos de tal manera que parecíamos una única persona. Me faltaba el oxígeno.
Tenía los gemelos doloridos de estar de puntillas para poder besarle. Él pareció darse cuenta, porque me tumbó en el sofá. Le sentí encima de mí, mientras enroscaba mi pierna con la suya.
Hacía demasiado calor.
Zas. Para estrenar esto.
Los minutos goteaban desde el grifo con un tenue sonido acuoso. “Clonc, clonc”. Cada golpeteo eran segundos que ya no regresarían.
Había estado dudando todo el día. No sabía si quería hacerlo, pero debía, sabía que era así. Su corazón se iba mutilando y desgarrando poco a poco con cada pensamiento que emitía su perturbado cerebro.
Aquella era su noche, y nadie se la arrebataría jamás.
Esperó, esperó tanto que el agua se tornó gélida, pero eso aumentaba el dramatismo de la situación.
La dama de las nieves hizo acto de presencia con un sonoro beso. “Hola cariño! Qué bien, me has preparado un baño?” Pero la magia del momento se desvaneció en cuanto él, un macho poderoso y dominante, agarró a su víctima del cuello para tirarla sin cuidado alguno sobre la marmórea bañera, tan fría como los cadáveres de los copos de nieve en invierno.
La vida se le escapaba entre las garras que oprimían su cuello de cisne. Ella intentó chillar, pero su alarido se ahogó en la bañera. Lo último que vio fueron dos ojos desencajados por la lujuria. “Siempre será mía”.
A la mañana siguiente, ella se despertó agitada, sudorosa entre las sábanas. Cuando fue al baño sintió un escalofrío recorrerle la espalda hasta morir en su nuca. Él yacía inerte en la bañera, con los brazos rajados a conciencia. La sangre salpicaba los azulejos.
Ella intentó despertar de aquella pesadilla lavándose la cara, pero no hizo más que empeorar la situación al descubrir sus manos bañadas en sangre. Fue corriendo a por el teléfono, pero al lado había unas tijeras ensangrentadas, SUS tijeras.
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